Ontogenia del Lenguaje Oral (apunte)

El lenguaje oral no es innato, es decir, el niño no nace con un instrumento de comunicación como el que se ha descrito anteriormente.
El análisis ontogenético del lenguaje dice relación con el estudio de los factores que condicionan su desarrollo y de las principales etapas que se observan en el niño durante el proceso de adquisición y desenvolvimiento de éste.
El conocimiento de este tema es de vital importancia para su aplicación en la interpretación de los trastornos que afectan la comunicación oral, dado que una misma patología tiene distinta incidencia sobre el desarrollo infantil de acuerdo con la edad de su aparición.

Además el estudio del lenguaje desde esta perspectiva evolutiva permite establecer un marco de referencia sobre los factores causales e indicadores que permiten determinar los casos de retardos del lenguaje infantil.

Factores que condicionan el desarrollo del lenguaje infantil:

El desarrollo del lenguaje en el niño está condicionado por dos tipos de factores: Endógenos y exógenos.

Dentro de los endógenos se consideran las potencialidades biológicas y psíquicas que tiene el niño al nacer como atributos de la especie humana.

Las potencialidades biológicas se refieren a la indemnidad de las estructuras orgánicas relacionadas con la comunicación oral, es decir, a la ausencia de lesiones, malformaciones o disfunciones que puedan afectar al sistema nervioso central (especialmente en las áreas vinculadas al lenguaje), al aparato auditivo y al llamado aparato fonoarticulatorio.

La indemnidad de las potencialidades psíquicas se refiere a la ausencia de alteraciones que afecten al potencial intelectual, al desarrollo afectivo o a la estructuración de la personalidad.

Dentro de los factores exógenos se consideran los estímulos socioculturales ambientales que tienen un carácter multisensorial (Auditivo, visual, táctil, olfativo, gustativo, etc)

De la interacción de ambos tipos de factores se produce gradual y progresivamente la maduración y el establecimiento de las funciones en que se sustenta la comunicación oral. En este proceso resulta de principal importancia el sentido de la audición, el cual es considerado como la vía fisiológica natural que hace posible el normal desarrollo del habla y del lenguaje. Si bien este sentido no genera el lenguaje, su rol puede ser caracterizado como el puente o nexo que permite relacionar las experiencias multisensoriales del ambiente con el habla y el lenguaje de los hablantes que rodean al niño, las cuales se refieren constantemente a las experiencias que vive el niño desde su nacimiento. Así se van construyendo paulatinamente las asociaciones de significantes y significados, que a su vez permiten el establecimiento de las habilidades simbólico-linguísticas y la vinculación, desde las edades mas tempranas, del lenguaje con el pensamiento y su contribución al desarrollo infantil en distintos ámbitos: intelectual, cognitivo, emocional y social, entre otros.

  Desarrollo e integración de las habilidades básicas de la comunicación oral:

Para describir este proceso, planteado hasta aquí sintéticamente, es necesario analizar como se establecen e integran en el transcurso del desarrollo psicolinguístico las cuatro habilidades de la comunicación oral: recepción, comprensión, formulación y expresión.

En el momento del nacimiento ninguna de estas habilidades está presente. Sólo es posible observar en el ámbito de la expresión oral, el grito y el llanto del recién nacido, que como emisiones sonoras tienen relación con las estructuras fonoarticulatorias, pero sin que constituyan una habilidad expresivo lingüística como tal.

A partir de los primeros meses y hasta aproximadamente el sexto mes de vida aparece el denominado “juego vocal”, considerado por algunos autores como una preparación fisiológica para la posterior expresión del habla.
Durante este período el niño empieza a emitir espontáneamente y sin un propósito comunicativo intencionado: vocalizaciones (sonidos aproximados a las vocales), consonantizaciones (sonidos aproximados a las consonantes) y posteriormente balbuceos (repeticiones silábicas). La variedad de estos sonidos excede los repertorios fonológicos de cualquier lengua.

Aproximadamente entre el quinto y sexto mes el niño empieza a prestar atención a los sonidos que emite, estableciéndose el feed-back o retroalimentación auditiva, el cual le permite auto-estimularse en la producción de nuevos sonidos, empezar a controlar auditivamente sus emisiones fonoarticulatorias e interesarse por los sonidos del habla de las personas que le rodean.

Así, al empezar el niño a relacionar experiencias con lenguaje y establecer las primeras asociaciones entre significantes y significados, se inicia alrededor de los nueve meses la comprensión del lenguaje. En este período tiene particular relevancia el procesamiento auditivo central de la información lingüística que se recepciona, el que se inicia a nivel de área auditiva primaria y hace posible la comprensión verbal, el almacenamiento de experiencias asociadas a lenguaje, la evocación verbal y su posterior aplicación en la formulación de mensajes linguísticos propios.

Entre los nueve y quince meses, una vez establecido el proceso anteriormente descrito, se inicia la formulación y luego la expresión de las primeras palabras. Hacia los dieciocho meses la aparición de la palabra frase se explica por la necesidad del niño de expresarse mas extensamente, la cual está restringida por una capacidad de formulación aún limitada (Ejemplo: /Ato/ por auto, intentando decir : “mamá llévame en el auto”) .

Entre los veinte y veinticuatro meses, aparecen emisiones en que se combinan dos o tres palabras.
Entre los veinticuatro y treinta meses la expresión oral se caracteriza por la llamada “habla telegráfica”, frases u oraciones incompletas en las que faltan principalmente los nexos o conectivos.

Entre los treinta y treinta y seis meses es posible observar la emisión de grupos fónicos que corresponden a estructuras oracionales básicas ( Con sujeto y predicado). En estas expresiones se advierten, sin embargo, variadas imprecisiones articulatorias denominadas “dislalias evolutivas” y procesos fonológicos de simplificación en los que el niño “simplifica” los grupos fónicos del hablante adulto adaptándolos a sus posibilidades fonoarticulatorias. Ambos procesos corresponden a una etapa normal del desarrollo del habla. Las dislalias evolutivas se superan a partir de los cinco años de edad en estructuras fonéticas simples y de uso corriente.

Por lo anteriormente expuesto es que se señala que las bases estructurales del lenguaje están establecidas hacia los tres años de edad, sin perjuicio que en los años siguientes y principalmente hasta los doce el lenguaje se sigue enriqueciendo en sus distintos planos.

En este proceso de desenvolvimiento del lenguaje con posterioridad a los tres años de edad se puede advertir el funcionamiento de dos circuitos altamente correlacionados: el receptivo-expresivo (audio-fonoarticulatorio) y el comprensivo-formulativo.

El primero de ellos se puede caracterizar en el sentido que en la medida que progresivamente se logra una discriminación auditiva mas fina de los sonidos del habla de otros, se incrementa gradualmente la precisión articulatoria y la extensión y complejidad silábica de los grupos fónicos que se expresan lo que trae como consecuencia que el habla del niño se aproxime paulatinamente a los patrones de habla del adulto. A este proceso contribuye también la maduración de los mecanismos de coordinación neuromuscular de los efectores periféricos de la expresión oral (órganos articulatorios)

El segundo circuito se puede caracterizar señalando que en la medida que se incrementa la comprensión verbal por el aumento cuanti-cualitativo del léxico, de la decodificación de las estructuras oracionales de complejidad creciente, se observa un progreso significativo en la formulación de mensajes, tanto en lo que se refiere a la cantidad y calidad del vocabulario que se utiliza, a la organización morfosintáctica de las estructuras que se elaboran, así como del nivel de abstracción de los mismos.
Todos los avances linguísticos descritos inciden en el plano semántico del lenguaje y éste, retroalimentándose con el pensamiento, contribuye al desenvolvimiento del pensamiento formal, a través del cual se logran los mayores niveles de abstracción.

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