Las Emociones (artículo)

Las conexiones neuronales entre estas estructuras ubicadas en el cerebro reptiliano y la parte moderna del cerebro, el neocortex, son muchas y directas, lo cual asegura una comunicación de vértigo muy adaptativa en términos evolutivos (Ledoux, 1996).
Esto hace que sea algo ficticio hablar de pensamiento, emoción y conducta como entidades separadas. Sin embargo, en la práctica investigadora se diferencian para hacer más abordable su estudio. Pretender definir las emociones, no es una tarea fácil.

De hecho, hoy continúa siendo objeto de debate e investigación tanto su origen, como su estructura interna, las diferencias entre estados afectivos, (Diener, 1999); (Ekman, 1994); (Parkinson, 1996).
A pesar de estas dificultades existe cierto consenso respecto a algunas de las características de las emociones básicas (Fredrickson, 2001), de manera que se puede considerar que las emociones son tendencias de respuesta con un gran valor adaptativo, que tienen evidentes manifestaciones a nivel fisiológico, en la expresión facial, la experiencia subjetiva, el procesamiento de la información, etc., que son intensas pero breves en el tiempo y que surgen ante la evaluac
gún
acontecimiento.
Esta definición parece ajustarse mejor al estudio de emociones negativas (miedo, ira, asco, tristeza), que al estudio de emociones positivas (alegría, orgullo, satisfacción, esperanza, fluidez, elevación), fundamentalmente porque las primeras se pueden asociar a tendencias de respuestas claras y específicas y las segundas no tanto (Fredrickson
B.
L., 1998).
Así, por ejemplo, cuando una persona siente miedo ante algo o alguien sus sistemas de alerta automáticos se activan, se dispone rápidamente a huir o a protegerse, su expresión facial refleja una imagen única y reconocida prácticamente de forma universal por cualquier individuo (Ekman, 1989).
Muy probablemente, tales reacciones habrán permitido a muchos individuos de nuestra especie salvar la vida en situaciones críticas, lo cual reflejaría el valor inmediato para la supervivencia que tienen las emociones negativas (Izard, 1993); (Wilson, 1988).
En este mismo sentido Robert Sapolsky, neurólogo de la Universidad de Standford, afirma en una reciente entrevista que ante amenazas inminentes el cuerpo utiliza toda la energía almacenada para activar los músculos apropiados, aumentar la tensión arterial para que
a energa
fluya más deprisa y desactivar todo tipo de proyecto a largo plazo.
Comenta en tono distendido “que si te persigue un león, escoges otro día para ovular, retrasas la pubertad, ni se te ocurre crecer, ya digerirás más tarde, pospones la fabricación de anticuerpos para la noche, si todavía estás vivo”. (Punset, 2005).
Por el contrario, cuando una persona experimenta alegría la tendencia de respuesta es más ambigua e inespecífica puede dar saltos de alegría, pero también puede dedicarse a bromear, ayudar a otros, hacer planes para el futuro.
La utilidad de este tipo de respuestas para la supervivencia no parece tan evidente, principalmente porque no es inmediata, pero no por ello debe obviarse.
De hecho, es posible intuir otra clase de beneficios derivados de las emociones positivas que, si bien puede que no encajen perfectamente en los modelos teóricos existentes, las haría merecedoras del desarrollo de modelos específicos (Ekman, 1994).
El valor de las emociones positivas (Bárbara Fredrickson) ha abierto una línea de investigación centrada específicamente en las emociones positivas y en su valor adaptativo.
Recientemente ha planteado la Teoría abierta y constru
as
emociones positivas, que sostiene que emociones como la alegría, el
entusiasmo, la satisfacción, el orgullo, la complacencia, etc., aunque
fenomenológicamente son distintas entre sí, comparten la
propiedad de ampliar los repertorios de pensamiento y de
acción de las personas y de construir reservas de recursos
físicos, intelectuales, psicológicos y sociales disponibles para
momentos futuros de crisis.
Experimentar emociones positivas es siempre algo agradable y placentero a corto plazo y para esta autora, además, tendría otros efectos beneficiosos más
duraderos, en la medida en que ello prepara a los individuos para tiempos futuros más duros (Fredrickson B. L., 1998); (Fredrickson B., 2001). La alegría,
por ejemplo, anima a jugar en el sentido amplio de la palabra, a empujar los límites, a ser creativo (Frijda, 1986) y ello permite el desarrollo y el entrenamiento
de habilidades físicas (fuerza, resistencia, precisión), psicológicas e intelectuales (comprensión de normas, memoria, autocontrol) y de habilidades sociales
necesarias para el establecimiento de relaciones de amistad y de apoyo.
Todas estas habilidades, conceptualizadas como recursos, pueden llegar a ser muy valiosas en momentos de escasez y de conflicto, en los que disponer de
velocidad, de resistencia, de amigos, de capacidad de innovación, etc. puede ser la diferencia entre vivir o morir.
Las funciones de las emociones positivas vendrían a complementar las funciones de las emociones negativas (Fredrickson B., 2001) y ambas serían igualmente
importantes en un contexto evolutivo.
Si las emociones negativas solucionan problemas de supervivencia inmediata (Wilson, 1988) porque tienen asociadas tendencias de respuesta específicas (la
ira, por ejemplo, prepara para el ataque, el asco provoca rechazo, el miedo prepara para la huida), las emociones positivas solucionan cuestiones relativas
al desarrollo y crecimiento personal y a la conexión social.
Las primeras propician formas de pensar que reducen el rango de respuestas posibles y las segundas propician formas de pensar que lo amplían.
En este sentido, las emociones positivas habrían contribuido a generar las condiciones adecuadas para que nuestros ancestros desarrollaran las habilidades
físicas necesarias para superar la estrategia de los depredadores, las habilidades psicológicas que permiten descubrir e inventar posibilidades y las habilidades
sociales adecuadas para generar vínculos entre personas y el aprendizaje de conductas de ayuda.
En un contexto más cercano también es posible observar empíricamente algunos de los beneficios derivados de experimentar
emociones positivas y en esto es en lo que se centran cada vez más investigadores que adoptan un enfoque positivo de la psicología.
LAS EMOCIONES POSITIVAS MEJORAN LA FORMA DEPENSAR
Numerosos estudios experimentales vienen demostrando que el afecto positivo se relaciona con una organización cognitiva más abierta, flexible y compleja
y con la habilidad para integrar distintos tipos de información (Derryberry & Tucker, 1994). El resultado de esta forma de pensar hace más creativa la
solución de problemas y más acertados y sensatos los juicios y la toma de decisiones (Carnevale & Isen, 1986); (Isen, Nyfren, & Ashby, 1988); (Lyubomirsky,
King, & Diener, 2005).
Estos resultados sugirieren que en general las emociones positivas facilitan la puesta en marcha de patrones de pensamiento receptivos, flexibles e integradores,
que favorecen la emisión de respuestas novedosas.
Es muy posible que esta forma de pensar, y no la opuesta, haya precedido a los grandes descubrimientos y a las realizaciones más importantes de la historia
de la humanidad y de cuyo valor nadie duda.
Es difícil imaginar a Miguel Ángel molesto mientras pintaba la Capilla Sixtina, a Newton iracundo debajo del manzano, a Edison, a Marie Curie,
a Pasteur, deprimido en sus laboratorios. Por el contrar
o, es
imaginarles pensando posibilidades y alternativas, combinando
elementos a priori imposibles, absortos en su tarea, emocionados
contemplando sus avances hacia una meta deseada y llena de significado
para ellos.

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