Familia y Sociedad (parte III)

Considerando la influencia (Morales, 1999) del medio social, cultural y de la condición económica en la formación de un ser humano,

y la unicidad de cada individuo, la experiencia vital de una persona está estrechamente interconectada a los ancestros y más específicamente a los ancestros históricos directos. La escuela, la universidad, el aprendizaje de un oficio, el trabajo, las organizaciones sociales y políticas, la iglesia y cualquiera otra institución social, ingresan más tarde en la vida del individuo. El contexto familiar siempre persiste.
Para el autor, esto no quiere decir que cada decisión en la vida esté conectada necesariamente con la familia de origen. Más bien, esta es de importancia crucial en las decisiones vitales que por naturaleza tienen un fuerte componente emocional y, por lo tanto, pueden evocar la emocionalidad que la familia de origen presentó sobre esos aspectos. En la medida que la emocionalidad en la familia de una persona haya sido más intensa en ese asunto, mayores serán las posibilidades que influencie la perspectiva de los hijos cuando estos toman sus decisiones.
A sí, la elección de pareja es un buen ejemplo de estos planteamientos. Ya que constituye una decisión vital en la vida de una persona y, por lo tanto, el papel de la familia de origen es relevante en esta elección y en la formación de una nueva familia.

Funcionamiento saludable de una familia:
El funcionamiento saludable de una familia concebido por la OMS en 1976, se define en términos del funcionamiento efectivo de la familia. Esta definición se ha ido transformando con el paso del tiempo, pero sin perder su esencia, sólo agregando ciertas pautas conforme a la transformación social.
Buendía, 1999, concibe funcionamiento saludable de una familia, como la salud del conjunto de los miembros en términos del funcionamiento efectivo de la misma, en la dinámica interna, en el cumplimiento de funciones para el desarrollo de los integrantes, y en la capacidad de enfrentar los cambios del medio social y del propio grupo, propiciando el crecimiento y desarrollo individual según las exigencias de cada etapa de la vida.
Lo novedoso en esta idea está en la incorporación de la capacidad de enfrentamiento a los cambios tanto internos como externos que permiten el crecimiento y desarrollo de los miembros.
El concepto funcionamiento saludable de una familia está íntimamente ligado al concepto estilo de funcionamiento familiar (Dunst, Trivette y Deal, 1988).
Para los autores, el estilo de funcionamiento familiar, fue desarrollado en el marco de un enfoque de intervención denominado de empoderamiento, surgido en la transición de los años setenta y ochenta del siglo XX en el ámbito de los programas de asistencia social norteamericanos.
Se consideran, por tanto, en la familia dos tipos diferenciables de recursos:

Los recursos sociales siendo estos, las fuentes de apoyo externo a los que potencialmente se puede tener acceso en un momento y lugar, abarcando aspectos materiales y/o relacionales como redes.
Los recursos psicológicos, que incluyen características ínter e intra-individuales de los miembros del grupo familiar, mismos que se usan para responder a las situaciones de crisis, para enfrentar los eventos vitales normativos y no-normativos, y para promover el crecimiento y desarrollo de todos los miembros. A este tipo de recursos se les denomina estilo de funcionamiento familiar, EFF.

Conceptualmente, el estilo de funcionamiento familiar, EFF, abarca la combinación de fortalezas y capacidades existentes y la capacidad de emplearlas para movilizar e incrementar recursos para satisfacer necesidades (Dunst, Trivette y Deal, 1988).
Para los autores, una familia se constituye como un contexto favorable para el desarrollo psicológico de sus miembros, cuando presenta ciertas características o fortalezas, como:

Patrones de relaciones.
Habilidades y competencias interpersonales.
Características sociales y psicológicas

Estas características, facilitan la creación de un sentido de identidad familiar positiva, promoviendo interacciones satisfactorias y plenas entre los miembros, fomentando el desarrollo del potencial del grupo así́ como de los miembros individuales, y contribuyendo a la capacidad del grupo para ocuparse de manera óptima de sus problemas y necesidades.
Serán familias saludables, aquellas que realicen un funcionamiento óptimo o competente lo que parce encontrarse en la interrelación de 12 variables o cualidades (Dunst, Trivette y Deal, 1988).
Estas variables, no tienen que estar presentes necesariamente en su totalidad ni con la misma intensidad en cada grupo familiar, pero su combinación singular se manifiesta como un sello característico de cada familia y hacen posible el uso del concepto de estilo como elemento diferenciador.
A continuación, se resumen, para los autores, las cualidades del funcionamiento familiar competente, que incluye:

Creencias y sentido de compromiso para promover el bienestar y el crecimiento, tanto de cada miembro como de la unidad familiar completa.
La manifestación de aprecio y aceptación por las pequeñas y grandes cosas que cada miembro hace bien, y por impulsarlos a mejorar.
Un esfuerzo concentrado para pasar tiempo juntos, compartiendo actividades y eventos, sin importar lo formales o informales que sean.
Un sentido de propósito o visión a futuro que se manifiesta en las razones para permanecer juntos en las buenas y en las malas.
Un sentido de congruencia entre los miembros observado en la valoración y dedicación de tiempo y esfuerzo para lograr satisfacer sus necesidades.
Capacidad de los miembros para comunicarse entre sí́, enfatizando las interacciones positivas.
Un conjunto claro de reglas, valores y creencias en la base de las expectativas sobre el comportamiento deseable de los miembros.
Un repertorio variado de estrategias para enfrentar eventos vitales, tanto normativos como inesperados, que enfatizan el funcionamiento positivo y el control de las crisis.
Capacidad de llevar a cabo actividades de solución de problemas, evaluando opciones y procurando recursos necesarios, internos y externos.

La capacidad de ver las crisis y problemas de forma optimista, dándose la oportunidad de aprender y crecer.

Flexibilidad y adaptabilidad en los roles y responsabilidades para los recursos necesarios para satisfacer necesidades.

Un balance entre el uso de recursos internos y externos a la familia para enfrentar y adaptarse a las circunstancias y planear el futuro.

Dunas, Trivette y Deal, 1988, también señalan que existen indicadores para valorar la dinámica familiar, siendo posible señalar los siguientes tres: Adaptabilidad o cesibilidad,, Cohesión y el clima emocional, Comunicación.

El primero se refiere a la flexibilidad o capacidad de la familia para adoptar o cambiar sus reglas o normas de funcionamiento y sus roles ante la necesidad de enfrentar determinados cambios, dificultades, crisis o conflictos por los que puede atravesar la misma en un momento dado.

La ausencia de esta cesibilidad impide a la familia hacer uso adecuado de sus recursos, lo que dificulta encontrar soluciones viables a las dificultades.

La cohesión, en tanto, para los autores, es una de las dimensiones centrales de la dinámica familiar y puede ser definida a partir de los vínculos emocionales establecidos entre los miembros. Cuando la cohesión es estrecha favorece la identificación física y emocional, el establecimiento de solidos vínculos y un fuerte sentimiento de pertenencia.
La comunicación familiar, como tercer aspecto, refleja los patrones de interacción a través de los cuales los miembros de una familia interactúan, intercambian mensajes con contenidos afectivos, informativos o normativos. La adecuación o inadecuación de
los patrones comunicativos juegan un rol principal en la funcionalidad o disfuncionalidad familiar (Dunas, Trivette y Deal, 1988).

NO olvide, que en las familias funcionales y saludables predominan patrones comunicativos directos y claros. Sus miembros suelen expresar de manera espontánea tanto sentimientos positivos como negativos, iras y temores, angustias, ternuras y afectos, sin negarle a nadie la posibilidad de expresar libre y plenamente su afectividad (Dunas, Trivette y Deal, 1994).

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