Familia y Separación (información)

Separados como pareja, juntos como padres.
E. Bach.

El ciclo

evolutivo de una pareja puede ser categorizado en diferentes etapas, definidas por las características individuales, familiares y sociales sobre las que se asienta su desarrollo.
En cualquier caso, la separación de una pareja constituye una crisis de transición cuyo resultado suele definir una realidad familiar probablemente más compleja, aunque no por ello necesariamente más perjudicial.
Determinadas dosis de conflicto son necesarias para dar este paso, un conflicto que, en función de los casos, puede hacer las veces de motor o de freno del proceso.
Según Milne, 1988, puede ser productivo cuando conduce a una solución creativa que podría haber pasado desapercibida de no existir la disputa. Puede ser funcional cuando provoca la distancia emocional necesaria entre dos individuos dolidos. En cambio, el conflicto es destructivo cuando conlleva tensión prolongada, produce hostilidad crónica, reduce drásticamente el nivel de vida, perjudica el bienestar psicológico o destruye las relaciones familiares.
La ruptura genera dolor en todos los miembros de la familia y afecta especialmente a los hijos, cuando los hay. Pero sus efectos no deben ser concebidos únicamente como perniciosos. Son necesarias tareas de adaptación en padres e hijos que permitan llorar las perdidas ocasionadas, al mismo tiempo que hacer frente a los numerosos y radicales cambios con capacidad para negociar y reorganizarse, de forma que se salvaguarde el desarrollo de todos (Isaacs, Montalvo y Abelsohn, 1986).
Esta doble tarea requiere de la pareja un esfuerzo importante, dirigido de forma primordial a un aislamiento suficiente del conflicto conyugal, que permita garantizar la continuidad de las funciones parentales y evitar que los hijos queden atrapados en el interior de las desavenencias, al mismo tiempo que estas se van resolviendo (Milne, 1988).
Parece obvio entonces, pensar que una separación pueda ser integrada en la categoría de crisis del desarrollo. Como tal, se estaría ante una situación adaptativa cuyo resultado, una vez superada, debería colocar al sistema familiar en un punto más avanzado de su desarrollo. Pero esto no ocurre con todas las rupturas.
Así, para los autores, en separaciones cuyo detonante último es una relación extramatrimonial, puede ocurrir que una parte de la familia reaccione como si de una desgracia inesperada se tratase, creándose un persistente rechazo del miembro de la conducta infiel, que es identificado como culpable, y evitándose cualquier tipo de interacción con él. Por otro lado, hay familias en las que el conflicto conyugal se reactiva periódicamente, incluso pasados varios años desde la separación, cada vez que son necesarias nuevas negociaciones o nuevos cambios en la relación.
El conflicto mediatiza todas las interacciones, y adquiere el carácter de una crisis estructural que forma parte de la evolución familiar y de la de todos sus miembros.
En el extremo estarían aquellas parejas que deben recurrir constantemente a intervenciones judiciales. La capacidad para tomar decisiones sobre su propia vida se ha visto tan disminuida que, desde una situación de desvalimiento, han generado una irreversible dependencia de la institución legal (Isaacs, Montalvo y Abelsohn, 1986).
Desde un modelo evolutivo de crisis, es posible señalar que la separación como proceso, transcurre en diferentes niveles relacionados entre sí́, ubicable temporalmente, y contextualizarle en función de las múltiples cuestiones que deben resolverse en cada uno de sus estadios.
Cada etapa requiere abordaje, y en todas puede surgir el conflicto cuando no se obtienen los resultados deseados. Este puede ir expresándose alternativamente en cada proceso, al mismo tiempo que van generándose las diferentes soluciones. También es posible que alguno de ellas adquiera una especial preponderancia conflictiva sobre las demás, impidiendo la resolución de las otras y provocando que el tiempo de elaboración de la ruptura se alargue más de lo debido.
Carter y McGoldricK, 1999, describen el proceso de separación en función de cinco problemas de desarrollo que se plantean en cada etapa y las correspondientes actitudes emocionales necesarias para resolver adecuadamente cada uno de ellos.
Esencialmente serian:

• Aceptación de la inhabilidad para resolver los problemas maritales y para mantener la continuidad de la relación:

 Aceptación de la parte de responsabilidad en el fracaso del matrimonio.

• Disponibilidad para lograr arreglos viables para todas las partes del sistema:

 Cooperar en las decisiones de custodia, visitas y finanzas.

 Afrontar el divorcio con las familias extensas.

• Disposición para colaborar parentalmente:

 Superar el duelo por la pérdida de la familia intacta.

 Reestructuración de las relaciones paterno filiales.

 Adaptación a la vida en soledad.

• Trabajar para resolver los lazos con el esposo(a):

 Reestructuración de la relación con el cónyuge.

 Reestructuración de las relaciones con la propia familia extensa, manteniendo contacto con la del cónyuge.

• Elaboración emocional de las heridas, angustias, odios, culpas, otros:

 Renunciar a las fantasías de reunificación.

 Recuperar esperanzas y expectativas por la vida en pareja.

 Permanecer conectado con las familias extensas.

Del mismo modo que existen diferentes formas de llevar a cabo una relación de pareja, se podrían sintetizar estilos conyugales diferentes a la hora de abordar la separación. Lo cierto es que la pareja no se inventa una nueva relación durante la ruptura o tras ella.
La esencia de las pautas interacciónales es la misma, adaptada a una nueva situación y con diferentes niveles de intensidad. Igualmente, por tanto, se podría predecir como determinadas parejas irían más encaminadas hacia procesos legales complejos, donde el enfrentamiento en el juzgado sustituye al del hogar, o hacia acuerdos más racionales, en función del estilo relacional que han ido negociando durante su convivencia (Carter y McGoldricK, 1999).
Los autores, han tratado de describir varios tipos de ruptura relacionándolos con el grado de perturbación familiar posterior a la misma, las repercusiones en los hijos o los estilos de resolución de conflictos. En general han encontrado tres factores básicos:

• La forma en que se ha tomado la decisión de separarse

• El estilo de interacción y comunicación en la pareja

• La intensidad emocional asociada al conflicto

Finalizar una relación de pareja no es fácil. Hay varios modelos teóricos que han intentado explicar este proceso, poniendo especial énfasis en los obstáculos que lo impiden y que facilitan la mantención de muchos matrimonios o uniones de conveniencia, emocionalmente separados pero físicamente unidos ante la imposibilidad de tomar una decisión definitiva de ruptura.
Los modelos a revisar brevemente son:

Desde la teoría del intercambio social, se concibe la decisión como un proceso en el que los miembros de una pareja evalúan los costos y beneficios de una relación en función del balance entre atracciones internas, que orientan hacia la continuidad, y atracciones alternativas, que orientan hacia la ruptura; así como de las posibles barreras prohibitivas que impiden la decisión (Stephen, 1984).
Entre los factores positivos que inciden en la atracción hacia la continuidad, están el nivel de compañerismo, el afecto, el acuerdo sobre el tipo de relación o la calidad de la comunicación. Son factores negativos la insatisfacción, el desacuerdo y el conflicto abierto. Por su parte, las atracciones alternativas pueden depender del apego con otras personas como familiares, amigos o nuevas parejas; de la búsqueda de un estilo de vida individual o de las oportunidades percibidas de desarrollo personal.
Incluso cuando hay un desequilibrio en favor de la ruptura, hay barreras que pueden bloquear la decisión. (Stephen, 1984). Algunas de ellas son:

• El sentido de obligación hacia los hijos y el vínculo conyugal

• Prohibiciones morales o religiosas

• desaprobación familiar y social.

Según la visión económica de este modelo, es posible pensar, por tanto, que, incluso cuando la atracción hacia la continuidad de la relación es mínima, si las alternativas son escasas y los obstáculos importantes, hay parejas que pueden permanecer juntas en un estado crónico de insatisfacción.
La teoría del apego y del duelo también ha sido utilizada como modelo explicativo de las dificultades para decidir una ruptura de pareja (Stephen, 1984).
Las personas tienen una tendencia natural a establecer vínculos afectivos con los otros y a mostrar algunos problemas emocionales cuando dichos lazos se rompen. El duelo es el consiguiente proceso psicológico puesto en marcha ante la pérdida y transcurre en cuatro fases:

• Negación
• Protesta
• Desesperación
• Desvinculación

Este proceso, de sentimientos confusos y contradictorios, estaría presente en cualquier situación de alejamiento y separación emocional. En muchos casos es previo a la ruptura y, en los más complicados, sería posterior a ella. En otros, la pareja puede mantener una relación inviable en un intento desesperado por evitar los efectos más dolorosos de una desvinculación total.
La teoría de la disonancia cognitiva, describe un estado psicológico desagradable, la disonancia, que conduce a los individuos a reducirlo mediante estrategias como el cambio de actitudes, de opinión y de conducta, así como la búsqueda de la información consonante o la evitación de la información disonante (Jorgensen y Johnson, 1980).
Cuando en una relación de pareja aparecen indicios que amenazan su continuidad, es fácil que surjan actitudes negadoras en uno o ambos cónyuges encaminadas a mantener la estabilidad, al mismo tiempo que intentos autoconvencedores de que todo está́bién. Sólamente cuando la pérdida de complicidad emocional es innegable, uno de los dos puede llegar a un punto de no retorno que hace la ruptura inevitable. En este momento, la búsqueda de la consistencia puede funcionar en un sentido inverso e iniciarse un proceso de búsqueda de elementos negativos en el otro que justifiquen la decisión tomada.
Desde el modelo de los procesos de toma de decisiones, se postula que la decisión última de la ruptura es la salida final a una larga serie de pequeñas decisiones previas. Estas pueden haber sido tomadas mediante una estrategia satisfactoria o mediante una estrategia óptima. La primera tiene en consideración un único factor relevante a la hora de valorar qué acción tomar. La segunda tiene en cuenta todos los factores relevantes y, en realidad, es un ideal teórico difícil de conseguir (Donovan y Jackson, 1990).
La sobrecarga de variables que influyen en la decisión de separarse, así como las inevitables interferencias emocionales, no sólo dificultan aún más el empleo de una estrategia lo más óptima posible, sino que tienden a determinar salidas tomadas con informaciones incompletas. Ello suele generar inevitables conflictos basados en el arrepentimiento post- decisional. (Donovan y Jackson, 1990).
Wallerstein y Kelly, 1980, propusieron cuatro formas de decidir la ruptura:

Como una salida racional mutuamente afrontada

Como resultado de una consulta profesional

Como respuesta a una situación de estrés incontrolable

De una forma impulsiva

Las dos últimas serían predictoras de una ruptura más conflictiva.
Estos autores encontraron además que los motivos que mujeres y hombres ofrecían sobre la causa de su ruptura eran diferentes. Así, las mujeres aludían a no sentirse queridas, sentirse despreciadas en la relación o actitudes hipercríticas de sus cónyuges hacia ellas. Por su parte, los hombres citaban mayoritariamente actitudes desatentas y negligentes de sus compañeras respecto a sus deseos y necesidades.
En general, los estudios más actuales no acentúan tantas diferencias de género y obtienen consenso respecto a la pérdida de intimidad, la pobreza emocional, el aburrimiento o las diferencias en estilos de vida y valores como elementos importantes en las decisiones de separación.
Este tipo de argumentos para los autores, parecen estar asociados a rupturas menos traumáticas que las marcadas por quejas sobre conductas violentas o infidelidades conyugales.
Muchas personas deciden separarse en fases muy avanzadas de alejamiento emocional. Son parejas que se han ido desligando progresivamente y a las que la ruptura no supone más que un nuevo paso en dicho proceso. Otras han podido comunicarse sus insatisfacciones y deseos de cambio, han intentado alternativas de relación y han llegado a una conclusión más o menos conjunta. Pero no es fácil cumplir con todos los requisitos para una buena y adecuada separación. Son inevitables unos ciertos niveles de conflicto (Donovan y Jackson, 1990).
Parkinson, 2005, propuso una tipología de las rupturas conflictivas basada en siete patrones:

• Parejas semi-desligadas. La pareja ha evolucionado por separado previamente a la ruptura y ésta ha sido manejada con un relativo bajo nivel de conflicto.

La aparición posterior de problemas prácticos en cuanto a la custodia o las visitas, puede indicar la persistencia de vínculos emocionales no resueltos entre los padres.

• Conflictos de puertas cerradas. Son parejas que evitan la confrontación directa refugiándose, tanto física como psicológicamente, tras un silencio que pretende indicar rechazo, ira o frustración, pero tras el que se ocultan sentimientos de apego, dolor profundo y miedo al abandono.

Este patrón puede ser facilmente transmitible a los hijos.
La batalla por el poder. La separación puede constituir un intento de desequilibrar el reparto de poder dentro de la familia.

Aquel que siente que más ha perdido durante la vida en común, puede ahora reaccionar luchando por conseguir una posición dominante en el proceso, poniendo en juego para ello armas como la culpabilización del otro, la utilización de los hijos o la explotación de ventajas legales en el juzgado.

• El enganche tenaz. Un cónyuge intenta dejar al otro, mientras que éste hace lo posible por evitarlo. Puede utilizar el chantaje emocional, a veces bajo la forma de intentos de suicidio o autolesiones.

En ocasiones, el que deja se ve impulsado al retorno, pero el intento de reconciliación suele durar poco tiempo, y el que es abandonado se sentirá más lastimado y enfadado que antes. Algunos autores han descrito esta misma situación como el síndrome del esposo ambivalente (Jones, 1987).

• Confrontación abierta. Muchas parejas se sienten negativamente conmocionadas y humilladas cuando se descubren a sí mismos agrediéndose verbalmente de una forma completamente inusual.

El conflicto puede llegar a ser tan intenso que, inevitablemente, cada vez que se produce una discusión se desencadena una brusca escalada de la violencia.
Ambos pueden sentirse avergonzados por lo que ocurre, al mismo tiempo que incapaces de controlar sus reacciones.

• Conflictos enredados. Se trata de parejas que dan la impresión de estar realizando una fuerte inversión emocional en un intento de procurar que su lucha continue.

Son capaces de sabotear todo tipo de decisiones relacionadas con su ruptura por continuar con la batalla.
Reavivan el conflicto cuando están a punto de solucionarlo. Su resistencia a encontrar y aceptar soluciones frustra cualquier intento de ayuda legal o psicosocial.

• Violencia doméstica. Cuando se ha creado una dinámica en la que un cónyuge, normalmente una mujer, es repetidamente maltratado por el otro, la ruptura puede resultar algo inalcanzable.
La conjunción de agresiones y amenazas coloca a muchas personas en un permanente estado de temor e intimidación que dificulta sus intentos de romper con la violencia o con la relación. Dicho estado puede continuar mucho tiempo después de materializada la ruptura.
Kressel y col.,1980, elaboraron una tipología de parejas basada en tres dimensiones primarias:

• Grado de ambivalencia respecto a la decisión de ruptura
• Frecuencia y apertura de la comunicación
• Nivel de conflicto.

Así, describieron cuatro patrones de interacción:

• Las parejas enredadas debaten intensa e interminablemente los pros y contras de la ruptura. Acuerdan separarse pero no llevan a cabo su decisión. Suelen mantener la misma residencia, e incluso dormir en el mismo lecho y mantener relaciones sexuales, hasta que tienen una decisión judicial. Son proclives a conflictos legales crónicos.

• Las parejas autistas se evitan física y emocionalmente. Evitan el conflicto por ansiedad. Las dudas y la incertidumbre sobre el destino de la pareja se extienden a todos los miembros de la familia. La ruptura suele ser brusca y decidida unilateralmente, lo que produce un mayor rechazo comunicativo en el otro.

• Las parejas con conflicto abierto, pueden expresar claramente sus deseos de ruptura y llegar a acuerdos al respecto con relativa facilidad. Son capaces de negociar sobre los bienes o los hijos con una intensidad aceptable de conflicto, pero habitualmente no se quedan conformes con los resultados y pueden provocar nuevas negociaciones o litigios años después de la separación.

• Las parejas desligadas, han perdido todo tipo de interés mútuo. Han pasado un periodo relativamente largo en el que uno o los dos, de forma incomunicada, han considerado la posibilidad de la ruptura, de forma que cuando esta se produce no suele generar grandes reacciones emocionales. Las decisiones posteriores se toman por separado o a través de los abogados, pero sin excesivo conflicto.

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