Familia y enfoque de genero (información)

El género es una categoría superadora del sexo, que no responde a una diferenciación biológica, sino a una

construcción cultural. Con esto se pretende decir que los géneros son determinados por la cultura en la que cada uno vive.
Con él termino género se hace referencia, desde la Conferencia de Pekín,1995, a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo. Implica entonces, las construcciones culturales hechas según los roles o estereotipos que cada sociedad asigna a los sexos, a las que se denominará, género.

La perspectiva de género emerge como una categoría de análisis de la realidad social y política a fines del siglo XX y comienzos del XXI.
Es un hecho cierto que las mujeres no han gozado de plenos derechos a lo largo de la historia y que su posición social, jurídica y política no ha sido igual a la del hombre. Y son dignos de elogio todos los esfuerzos encaminados a lograr una sociedad más justa para las mujeres. Esto es lo que, en principio, parece que se buscaba a través de la llamada perspectiva de género, que se impuso de manera aplastante en la Conferencia de Pekín y en virtud de la cual los distintos países se comprometían a integrar en sus ordenamientos políticos de igualdad a nivel transversal.
La perspectiva de género, consiste en una manera especial de ver el mundo, no ya con las viejas categorías de femenino y masculino, sino a través del prisma de unos roles que van cambiando con la cultura y que hoy incluyen, además de la masculinidad y la feminidad, a la homosexualidad, el lesbianismo, el travestismo, el transexualismo.
“Se afirma, que toda relación o actividad de los seres humanos ha sido el resultado de una construcción social que otorga al hombre una posición superior en la sociedad y a la mujer una inferior”.

Los roles socialmente construidos a lo largo de la historia que habría que reconstruir, (Rosado, 1979), están ubicados en tres grandes niveles:
Otro aspecto interesante del tema, es como la relación parentesco y familia van a jugar un papel clave en la construcción y reproducción de las representaciones de género, asignado a cada uno de los dos sexos características, espacios y tareas, jerarquizando estas atribuciones y estableciendo relaciones de interdependencia y subordinación. De este modo se establece una división sexual del trabajo, en la que las tareas de las mujeres estarán esencialmente centradas en la reproducción y serán minusvaloradas y las llamadas tareas de producción serán realizadas por el hombre y tendrán una alta valoración y prestigio social (Snacks, 1979).
Así el análisis podría considerar los siguientes aspectos:

Universalidad
Binomio domestico- publico
Producción-reproducción

Rosaldo, 1979, se centra en las estructuras simbólicas y plantea que el predominio cultural del hombre es universal. De este modo, intenta explicar en este binomio la universalidad del papel secundario de la mujer en todas las culturas. Esta subordinación de las mujeres es debida, por un lado, a su específica función reproductiva que las hace estar más cerca de la naturaleza y por otro, a razones de tipo social relacionadas con la reproducción.
El autor, propone el binomio doméstico – público y se centra en las estructuras simbólicas, influida por Weber. Parte del dualismo naturaleza – cultura que le lleva a asociar doméstico a naturaleza (mujer) y público a cultura (hombre). Esto explicaría la asimetría universal entre los sexos, ya que la sobrevaloración social de lo público propicia simultáneamente que la mujer, identificada con lo doméstico, obtenga menor estima. Esta oposición se vincula en último término a la función reproductora, madre y cuidadora de los hijos.
Las mujeres tienen menos poder que los hombres y no detentan la autoridad, desigualdad que debe entenderse derivada del hecho de que las mujeres pasan una gran parte de su vida procreando y cuidando a los hijos. Por último, para el autor, lo doméstico es aquello que se organiza alrededor de una madre y sus hijos, mientras que lo público es aquello que incluye a varios grupos de madres con sus hijos, estando lo primero subsumido en lo segundo.
Para Sacks, 1979, el tercer binomio, producción-reproducción, implica que la subordinación de la mujer no es un hecho universal. El autor propone buscar los orígenes de la desigualdad en las relaciones de producción y distribución y las transformaciones producidas. Plantea que la exclusión del trabajo público y social como productor de dignidad y mayoría social es lo que explica la subordinación de los sujetos femeninos. Las sociedades de clase socializan el trabajo realizado por los hombres y relegan a lo privado el trabajo de las mujeres, lo limitan a la esfera doméstica.
En el contexto actual, en lugar de roles sexuales se habla del género como de un elemento constitutivo de las relaciones sociales que tiene que ver con las formas de percibir las diferencias entre los sexos y que canaliza las relaciones de poder, que se basan en cómo se perciben las diferencias biológicas (Aguilar, 2001).
De esta manera, existen diferencias en el control de los recursos materiales y simbólicos y en el acceso a los mismos según se pertenezca a un género u otro. La noción de género hace referencia al principio estructural de división social y de poder. Dicho concepto se elige porque tiene connotaciones sociales, haciendo pensar en lo construido, que se opone a lo físico, de la palabra sexo, e introduce el aspecto relacional.
Los estudios de Aguilar, 2001, entre otros, han evidenciado empíricamente que en esta cultura la adscripción prioritaria de las mujeres a la esfera doméstica y las características de su participación en el mundo laboral, responden a una misma lógica, que actúa tanto en la familia como en la producción. Lógica dominante que articula perfectamente el trabajo femenino en el hogar y fuera de él, al supeditar el segundo al primero.
De acuerdo con esto, el que las mujeres se integren o no al mundo laboral, así como en qué tipo de sector y en qué condiciones lo hagan, estará en gran medida mediatizado por factores familiares, personales, económicos, sociales e ideológicos, en los que las representaciones ideáticas sobre la relación mujer-madre jugarán un importante papel.
Una idea interesando sobre este tema, es que hombres y mujeres podrían adecuan sus comportamientos a un modelo ideal dominante que percibe el trabajo femenino como coyuntural, como algo temporal que contribuya a las necesidades del grupo doméstico en determinados momentos. Algo que no puede ni debe entrar en contradicción con sus obligaciones por oposición al caso masculino, sobre el que recae, como inherente a su propia condición de hombre, el aportar de forma continuada los ingresos para mantener a la familia, lo cual significa el trabajo permanente, remunerado y extradoméstico (Aguilar, 2001).
El trabajo doméstico así, para el autor, se percibe además como no trabajo, entonces este presupuesto es elemental para entender la no valoración del ama de casa y del trabajo materno y así la naturaleza de la participación de las mujeres en los mercados de trabajo.
El no reconocimiento del trabajo doméstico como un trabajo real, se podría relacionar con que el concepto trabajo se considera dentro de la esfera del mercado y no en el mundo privado (Martínez Veiga, 1995) .
Para este autor, el trabajo doméstico implica actividades que son catalogadas como infraeconómicas, infraestructurales, absolutamente básicas, y por tanto escapan al mercado, a la conversión de la actividad en mercancía, que es lo que determina lo que es trabajo o no.
Además, diversos son los discursos que puntúan la dimensión sexual presente en las relaciones de trabajo, dando sentido social a las oposiciones entre mujer, casa y trabajo; actividad doméstica y asalariada; y la dicotomía entre producción y reproducción (Parkinson, 2005).
Otras investigaciones (Aguilar, 2001) demuestran que las representaciones de género están presentes en toda sociedad, pues forman parte de sus elementos ideológicos de reproducción social, y como tales se transmiten de generación en generación, mediante un proceso de socialización.
Por lo tanto, para el autor, a nivel de las representaciones ideológicas, el lugar de la mujer estaría en la casa y su obligación principal sería, por lo tanto, la de ejecutar el trabajo doméstico; esta opinión, sería, además, compartida tanto por hombres como por mujeres, pues están en la base misma de las relaciones sociales y como tales influyen en comportamientos y actitudes condicionados culturalmente.
La percepción básica estaría en que las ocupaciones de las mujeres pueden ser de menor entidad y remuneración que las de los hombres y pueden intensificarse o interrumpirse según convenga. Y es que el espacio social propio de la mujer, sobre todo si ejerce su maternidad, sigue siendo, al menos en el marco de las representaciones sociales, el espacio doméstico, casa e hijos, frente al espacio laboral-exterior masculino, y el orden tradicional en sociedades occidentales coloca a la mujer en el marco del grupo familiar y relacionada de forma muy especial con el trabajo doméstico (Aguilar, 2001).

Así, el estereotipo según el que las mujeres son pacientes, detallistas, emocionales y serviciales, hace que se las considere apropiadas para trabajos rutinarios, en los que son importantes la habilidad manual y la presentación final más que la creatividad, tales como la costura, limpieza, mecanografiado, etc. Estas cualidades son similares a las que se exigen y se les suponen a las madres en relación con el cuidado de los hijos, y las faenas del hogar. Son estos mismos estereotipos los que han alejado a las mujeres tradicionalmente de las ocupaciones que suponen el ejercicio de la autoridad dentro del ámbito laboral (Martínez Vega, 1995).

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