Escuela y Formas de responder a la Diversidad

La escuela, como institución social, primera responsable del hecho educativo, no puede tener como función la de homogeneizar a los estudiantes a partir de un modelo de formación dado.

Sería desconocer la diversidad, como una de las características que distinguen a los individuos en cualquier lugar y momento. Tiene, eso sí, la obligación de proporcionar las bases indispensables que permitan a los alumnos compartir una serie de conocimientos para comprender la realidad social y natural en la que viven, de tal manera que se identifiquen como integrantes de una sociedad y de una época. Tiene también el deber de ofrecer, en igualdad de circunstancias, los recursos para que desarrollen sus facultades intelectuales, emocionales y físicas. Debe distinguirse como una institución en la búsqueda de las mejores opciones para enriquecer la vida de sus alumnos, sin exclusiones de ninguna especie. De aquí que insistamos en la necesidad de asumir un punto de vista respecto al currículo que permita redignificar la práctica educativa y el papel del docente hacia un tipo de intervención más comprometido.
La escuela no puede permanecer ajena a los fenómenos sociales, que de uno u otro modo afectan cotidianamente a la comunidad, por lo tanto el rol de la escuela en la preservación, reproducción y reconstrucción cultura está impregnado de dinamismo, obligándose así a revisar permanentemente su accionar, sus contenidos y redes de relaciones internas y externas, sus conceptos y el contenido manifiesto o subyacente que ellos trasmiten a las generaciones de estudiantes que cada día se impregnan de la cultura escolar, en la cual se reproducen, a veces irreflexivamente, los conceptos que se quisiera cambiar.
Por lo tanto, no se trata solamente de que el currículo planificado por la administración necesariamente vaya a ser reinterpretado en los sucesivos niveles, sino de que el currículo debe planificarse intencionalmente para que favorezca una determinada práctica, que se caracterizaría por la reflexión de los docentes sobre su acción, en un esquema circular de diseño, desarrollo y evaluación del currículo. La intencionalidad del currículo debe traducirse en prácticas educativas integradoras, en las que cada elemento cumpla una finalidad pensada no sólo en las actividades de aula sino en todo el espacio, tiempo y quehacer escolar, manteniendo coherencia y relación entre ellos.

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