El Informe Psicopedagógico (reflexión)

¿A quién no le ha sucedido que cuando recibimos finalmente el “INFORME”, este parece informar poco acerca de lo que necesitamos saber para diseñar estrategias de intervención en el aula? ¿Quién no ha vivido el desánimo de sentir que el proceso termina cuando ese conjunto de papeles es guardado entre los materiales de la biblioteca, o engrapado cuidadosamente en la ficha acumulativa? ¿Qué está sucediendo? ¿A qué se debe la distancia entre esa información y nuestras expectativas?

En búsqueda de algunas respuestas iniciamos un recorrido de trabajo conjunto con algunos maestros que nos permitió pensar sobre las características del proceso diagnóstico. Es la elaboración teórico-práctica realizada a partir de esta experiencia concreta que aspiramos a reflejar en el presente artículo.
Comenzamos por identificar y desglosar distintas etapas en el proceso.
-Tomar la decisión de realizar una derivación
-Expectativas puestas en el proceso diagnostico:
-¿qué espera el maestro en ese informe?
-Expectativas de quien realiza el informe
Devolución del informe, ¿y ahora qué? Una decisión importante: ¿derivar o no? ¿Cuándo?
El maestro debe saber que su decisión de derivar a un alumno supone una serie de cambios importantes en la vida del niño, su familia, la escuela y todo su entorno en general.
Para mencionar algunos de los aspectos que la derivación pone en marcha, pensemos en lo que significa para los padres escuchar y aceptar que es necesario investigar qué esta sucediendo en el proceso de aprendizaje de su hijo. Investigación que se materializa en una tarea distinta a la habitual, en un encuentro con un profesional diferente al maestro y un espacio que no es igual al aula. Más importante aún es para el niño entender que se iniciará un proceso de búsqueda de los motivos que hacen que no esté aprendiendo como sus otros compañeros.
Un aspecto necesario es que el maestro pueda informarnos que ha probado y agotado las técnicas que la didáctica pone a su disposición. Con esto nos referimos a la importancia de que el maestro pueda reflexionar sobre qué ha hecho con este niño para que optimice su aprendizaje en situación de aula. De esta manera le será más sencillo derivar a un alumno con el material necesario que al psicopedagogo le es imprescindible para iniciar el proceso de evaluación.
Esto pone de relieve que el momento de derivación no es “cuánto antes”, o “por las dudas” si aún no se ha esperado ver cómo responde el niño a las estrategias que el maestro propone, a esperar que se exprese la lógica singular del proceso de aprendizaje con sus esperados avances y retrocesos, cómo responde a la nueva relación vincular que el cambio de grado provoca, cómo responde ante el aprendizaje de diferentes contenidos disciplinares.
Considerar todos estos elementos no implica que el maestro deba hacerlos necesariamente todos él mismo, posponiendo la derivación hasta un punto tal que “el año esté perdido”. Existen valiosas posibilidades de registro como la ficha acumulativa -entre otros- y la privilegiada oportunidad que tienen los docentes de verse a diario con los maestros anteriores del niño, que sometidos a un análisis riguroso le posibiliten tomar la decisión de cuál es el momento adecuado para concretar una derivación, con independencia del momento del año.
Hemos recogido experiencias en las que la realidad institucional en que el maestro se ve inserto hace muy difícil llevar a cabo lo anteriormente expuesto: grupos numerosos, cambios en el plantel docente, problemas de conducta, pueden invadir la tarea al punto tal que una pronta derivación pasa a ser la opción más conveniente tanto para el maestro como para el niño. No debe sentirse “culpable” por ello, simplemente debe hacerlo consciente y poder transmitirlo.
¿Qué esperar de un diagnóstico psicopedagógico?
Nuestro enfoque de trabajo está muy lejos de la mera aplicación de una batería de pruebas que proporcionan resultados cualitativos y cuantitativos donde estos últimos cobran un papel relevante y decisivo, ya que muchas veces definen sin más, que un niño deba abandonar la escuela primaria común para cursar una escuela especial.
Esta manera de hacer psicopedagogía da a los técnicos del área y a los maestros certezas que permiten seguridad y tranquilidad en las acciones tomadas. No es el técnico quien decide que el alumno tiene un “déficit intelectual”, lo indica la prueba…, lo dicen los números.
En nuestra experiencia las baterías y pruebas pasan a ser instrumentos que posibilitan distintas lecturas sobre el niño que aprende. Cada resultado cuantitativo debe resistir cuestionamientos del orden de lo cualitativo que no sólo relativizan, sino hasta desestiman el valor numérico. Un resultado numérico que informe sobre un “nivel muy inferior” nos invita a pensar: ¿qué hace a la particularidad de este niño que responde de una forma tan diferente a los demás? Las respuestas desajustadas de la norma se deben a: ¿capacidad limitada? ¿originalidad? ¿desinterés en la prueba? ¿ rebeldía? ¿obstáculos lingüísticos? ¿experiencias singulares de vida? Sin duda, la observación cualitativa del niño en el proceso de la prueba permite el despliegue de muchos otros factores que relativizan el valor numérico.
El diagnóstico no tiene como objetivo cuantificar o categorizar un niño en situación de aprendizaje, de acuerdo a parámetros externos que desconocen el aquí y el ahora, que desconocen al niño singular, sino que el diagnóstico psicopedagógico pretende provocar el despliegue de las potencialidades cognitivas del niño en cuanto fortalezas y debilidades, sus estrategias para aprender o para dejar de hacerlo, su potencial de cambio, sus motivaciones y afectos en relación a la tarea cognitiva.
Un diagnóstico psicopedagógico debe informar entonces, no sólo acerca de niveles de rendimiento en cada una de las áreas en relación a sí mismo, a su edad y su escolaridad, sino que además debe brindar datos acerca de su potencialidad, es decir cuánto más puede rendir ese niño con agentes mediadores en su aprendizaje. El mismo debe finalizar indicando estrategias específicas destinadas a promover procesos armónicos en el aprendizaje, o en términos Vigotskianos, cómo acercar el nivel de desarrollo real a su nivel de desarrollo potencial.
¿Qué espera de nosotros el técnico?
El psicopedagogo inicia la exploración con el niño en su consultorio. Durante varios encuentros (ocho aproximadamente) tendrá la posibilidad de concentrar todos sus sentidos en ese niño que tiene frente a sí. Observará y tomará registro de todo: lo que dice, lo que calla, sobre lo que habla, cómo lo dice, cómo escribe, cómo borra, por qué borra, cuánto borra, si interrumpe la tarea, si pregunta, si la evade, si hay fatiga, etc. etc. etc. Podríamos seguir esta lista que se enriquece de forma interminable según la agudeza del observador.
El psicopedagogo pretenderá simular situaciones de aprendizaje equivalentes a las del aula, dialogará con el niño sobre su cuaderno, su maestra, sus compañeros, el recreo.
Pero por más creativos intentos que realice sabe que no es posible reproducir en un consultorio el clima del aula. Un clima donde todos son convocados natural y espontáneamente a aprender, donde el niño debe tener la autonomía suficiente para saber controlar y dirigir su atención, organizar útiles y materiales necesarios para realizar la tarea, definir un plan de trabajo para efectuarla, prever el tiempo disponible para hacerla. Y todo esto sujeto a la interacción con sus pares y demás interferencias del ambiente
Es este entonces el argumento por el que necesitamos que el maestro informe sobre todo aquello que en un consultorio no puede apreciarse, es por esto que esperamos que la ficha de derivación del maestro informe sobre procesos, procedimientos, actitudes, intervenciones, relación con pares, juegos en el recreo, rol que ocupa en el grupo; y no únicamente sobre lectura corriente o silábica, dificultades en la motricidad fina, o algoritmos no adquiridos. Al respecto, hemos establecido una distinción entre lo que puede llegar a ser una ficha de derivación y un informe. Es en este último donde el maestro puede dar cuenta sobre este proceso, lo que le posibilitará formular una hipótesis de cuál es el problema que supone está interfiriendo. Hipótesis necesaria para nosotros ya que será nuestro punto de partida, incluso si la misma revelara un “No sé que puede estar sucediendo”.
He recibido el informe…
Que el informe no pase a estar definitivamente guardado en la biblioteca depende de muchos factores. Entre ellos intentemos explorar los que consideramos más relevantes y que hacen al informe mismo, al maestro y al psicopedagogo.
El informe psicopedagógico es un documento escrito que refleja la visión del profesional sobre el niño en cuestión. El maestro debe saber que la información contenida en ese informe no es abordable en una primera lectura, ya que la tarea no finaliza hasta que el maestro comprende exactamente, no sólo los resultados cuantitativos y cualitativos a los que el estudio ha arribado, sino las estrategias de implementación que es necesario poner en marcha para el progreso del niño.
En caso de que esto no suceda, es un derecho del maestro reclamar al profesional una lectura conjunta que posibilite el entendimiento de todo lo que en el informe aparece sobre su alumno y sobre las estrategias necesarias para la intervención en el aula.
Hemos intentado plasmar nuestro interés y necesidad de un trabajo conjunto, que permita disminuir esa distancia entre “un nosotros y un ustedes” para que ese informe responda no sólo lo que sucede con el niño sino también responda las preguntas del maestro.
Estaríamos así, coordinando esfuerzos que redundarán en un beneficio real para el niño y sus posibilidades de aprender.
Tal es el desafío que nos convoca…

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