Dimensiones de una Educación Inclusiva

La educación inclusiva ha comenzado a ser abordada dentro del contexto del debate internacional más amplio sobre “Educación para Todos” (EPT), debate iniciado en la Conferencia Mundial celebrada en 1990 en Jomtien, Tailandia. Desde Jomtien hasta hoy el pensamiento ha evolucionado desde la presencia casi simbólica de las necesidades educativas especiales en la documentación inicial, hacia el reconocimiento de que la inclusión debe ser un principio fundamental del movimiento EPT en su conjunto. Dentro de este proceso se destaca el aporte de la Declaración de Salamanca sobre Necesidades Educativas Especiales: Acceso y calidad (UNESCO, 1994), desde donde emerge con fuerza el concepto de inclusión educativa. De ahí en adelante, el alcance y perspectivas de la educación inclusiva se ha sustentado en la idea de que todos los niños/as y jóvenes tienen derecho a una educación de calidad con equivalentes oportunidades de aprendizaje, independientemente de sus antecedentes sociales y culturales y de sus diferencias en las habilidades y capacidades (OIE-UNESCO 2008).
La conceptualización de la inclusión educativa ha evolucionado, entre otros aspectos, a partir de la crítica a los modelos de Integración Escolar, que prioritariamente se centraron en la incorporación de alumnos con necesidades educativas especiales a las escuelas comunes, sin haber logrado cambios sustantivos en la organización de las escuelas para responder a sus diferencias y necesidades. Si bien el movimiento por la integración surge para hacer efectivos los derechos de las personas con discapacidad y asegurar su participación en los contextos comunes de la sociedad, el hecho de haber centrado el proceso en los estudiantes con necesidades educativas especiales y en el problema del acceso en la escuela común, ha reforzado la imagen de la integración como un tema que involucra sólo a algunos alumnos (los que presentan NEE), algunos profesionales (los docentes especialistas) y algunas modalidades educativas (la educación especial).
El concepto de inclusión es más amplio que el de integración; ya no se trata sólo de acomodar en la escuela común a determinados grupos de estudiantes que tradicionalmente han sido educados en escuelas especiales u otros programas diferenciados, sino de transformar el sistema educativo y las escuelas para atender las necesidades de todos. Por lo tanto, el diseño y el desarrollo de las políticas sobre inclusión, así como el avance hacia escuelas más inclusivas, (OIE – UNESCO, 2008) no deben ser entendidos como iniciativas hacia grupos específicos que supuestamente se priorizan, sino más bien el foco debería estar puesto en facilitar y brindar oportunidades efectivas de aprendizaje a cada estudiante, a través de proveer un conjunto variado y complementario de ofertas que forman parte de una red escolar integrada y articulada.
La inclusión educativa es vista como un proceso de desarrollo continuo de la comunidad educativa y no únicamente como el logro de unos determinados objetivos. Desde la idea de proceso, la educación inclusiva supone abordar dos aspectos interrelacionados (Parrilla, 2002):

■ el de incrementar la participación de todos los alumnos en la cultura, el currículo y la búsqueda permanente de modos de responder a la diversidad, de aprender a convivir con la diferencia como un factor positivo y un estimulo para el aprendizaje.
■ el de reducir toda forma de exclusión y discriminación lo cual implica identificar y remover las barreras que limitan el aprendizaje y la participación, recopilar y evaluar información con el objeto de planificar mejoras en las políticas y las prácticas de la comunidad educativa.

Desde esta perspectiva, la atención a la diversidad pareciera constituirse en la idea que da sentido y orientación a la educación inclusiva. Si bien el concepto de diversidad alude a lo diferente, a lo plural, el sentido de “atender a la diversidad”, es pensar en cómo dar respuesta a lo que es común y diferente en el marco de estructuras y servicios únicos. Una escuela inclusiva debe ser una escuela eficaz, no sólo por los resultados de aprendizaje que alcanzan los estudiantes, sino también por su disposición a ofrecer nuevas oportunidades a aquellos alumnos/as que puedan haber experimentado previamente dificultades o que se encuentran en riesgo de fracaso.
Según Murillo (2005) una escuela eficaz es aquella que “consigue un desarrollo integral de todos y cada uno de sus alumnos mayor de lo que sería esperable teniendo en cuenta su rendimiento previo y la situación social económica y cultural de las familias”. (Murillo, 2005:25) A este respecto, el autor aclara que la eficacia no sólo implica valor añadido en el rendimiento en áreas del curriculum que habitualmente se miden (matemática, lenguaje, ciencias), sino también involucra la satisfacción de los alumnos/as, su autoconcepto, su actitud creativa y crítica. En este sentido, plantea la equidad y el desarrollo integral como elementos básicos del concepto de eficacia y señala que “un centro diferencialmente eficaz, en el sentido de que es ‘mejor para unos alumnos que para otros, no es eficaz sino discriminatorio. Y aquí no sirve optar entre la equidad y la excelencia, entendida como rendimiento medio alto: sin equidad no hay eficacia y además tal centro educativo debe ser socialmente rechazable” (Murillo, 2008)
Existen evidencias de que las escuelas más eficaces tienen altas expectativas en sus estudiantes, les ofrecen desafíos y altos grados de apoyo; hacen seguimiento y evalúan constantemente el progreso de cada uno; identifican a los alumnos/as que pueden encontrarse en desventaja y les proporcionan una respuesta educativa ajustada a sus características y necesidades. De acuerdo con Booth y Ainscow (1998), el proceso de avanzar hacia comunidades más inclusivas supone abordar tres dimensiones que se encuentran íntimamente relacionadas y que constituyen el núcleo del quehacer de la escuela, estas son: la cultura, las políticas y las prácticas educativas. A través del desarrollo de culturas inclusivas se pueden producir cambios en las políticas y en las prácticas, que pueden mantenerse y transmitirse a los nuevos miembros de la comunidad escolar:

1. Promover culturas inclusivas: La creación de una cultura inclusiva, se relaciona con la creación de una comunidad escolar segura, acogedora, colaboradora y estimulante, en la que cada uno es valorado, lo cual es la base fundamental para que todo el .- alumnado tenga mayores niveles de logro. Se refiere, asimismo, al desarrollo de valores inclusivos, compartidos por todo el personal de la escuela, los estudiantes, los miembros del Consejo Escolar y las familias, y que a su vez se transmitan a todos los nuevos miembros de la comunidad escolar.
Los principios que se derivan de esta cultura escolar son los que guían las decisiones que se concretan en las políticas escolares de cada escuela y en su quehacer diario, para apoyar el aprendizaje de todos a través de un proceso continuo de innovación y desarrollo de la escuela. (Booth y Ainscow, 1998)

2. Promover políticas inclusivas
Para favorecer una cultura inclusiva, es necesario elaborar políticas inclusivas, que aseguren que la inclusión sea el centro del desarrollo de la escuela, permeando todas las decisiones, y organizando los apoyos para atender la diversidad, tanto en el ámbito de gestión de los recursos, la gestión pedagógica al interior del aula, para que mejore el aprendizaje y la participación de todo el alumnado. (Booth y Ainscow, 1998)

3. Desarrollar prácticas educativas inclusivas Las prácticas educativas que se desarrollan, deben reflejar la cultura y las políticas inclusivas de la escuela. Se debe asegurar que las actividades en el aula y las actividades extraescolares promuevan la participación de todo el alumnado y tengan en cuenta el conocimiento y la experiencia adquiridos por los estudiantes fuera de la escuela. La enseñanza y los apoyos se integran para “orquestar” el aprendizaje y superar las barreras al aprendizaje y la participación. El personal moviliza recursos de la escuela y de las instituciones de la comunidad para mantener el aprendizaje activo de todos. (Booth y Ainscow, 1998)

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