Dificultades en la Escritura

El aprendizaje de los procesos implicados en la escritura de palabras es un proceso caracterizado por una evolución desde las primeras realizaciones del estudiante hasta lo que denominamos una escritura experta o de calidad. De acuerdo con una mayoría de autores, este proceso exige del alumno, generalmente entre los 3 y 7 años de edad, la utilización de diferentes estrategias de apropiación de la escritura.
Aunque en psicopedagogía existe una cierta tradición de dividir y subdividir los procesos evolutivos, tanto en lo que se refiere al desarrollo como al aprendizaje. Estas divisiones progresivas de los procesos de aprendizaje tienen como consecuencia que:

a) La atención se termine centrando en aspectos de los aprendizajes que tienen que ver más con el tiempo evolutivo, que en los propios procesos implicados en dicha evolución y como consecuencia se oscurezca la comprensión global del propio aprendizaje.

b) Un buen número de sujetos no responda a dichas subdivisiones o etapas, y ello no necesariamente por la existencia de procesos de carácter patológico.

La razón fundamental de dicha actitud se encuentra en la consideración de que los sujetos evolucionan siguiendo las mismas fases, lo que nos lleva directamente a considerar que los aprendizajes dependen, esencialmente, de los propios sujetos dejando al margen las condiciones en que se desarrollan. Y ello, a pesar de que sabemos fehacientemente que no es así, ya que cualquier aprendizaje (mucho más los académicos) tiene como factor determinante los procesos de mediación recibidos. Si ello no fuera así, no podríamos explicar las enormes diferencias existentes en la adquisición de la lecto–escritura entre los sujetos que proceden de medios socioculturales diferentes.
En este sentido, en la adquisición de la escritura podemos diferenciar dos grandes estrategias:

1) Pictográfica: el sujeto opera para escribir con representaciones pictóricas, relacionando las palabras (pictogramas) con su significado, sin respetar los diferentes segmentos que constituyen dichas palabras.

2) Alfabética: mediante esta estrategia, basada en el principio alfabético, el niño descubre que las palabras se componen de segmentos (sílabas y letra).

En el sentido estricto de la palabra, la escritura sólo es la llevada a cabo mediante la estrategia alfabética, en la que de acuerdo con Frith (1984) podemos diferenciar tres procesos distintos y progresivos:

 La segmentación en fonemas: un primer proceso tiene que ver con la conciencia de que las palabras se pueden segmentar de manera arbitraria en sílabas y fonemas.

 La conversión de fonemas en grafemas: el aprendizaje de las reglas de conversión constituye un proceso imprescindible para la escritura en los sistemas alfabéticos.

 La escritura ortográfica: el estudiante aprende a utilizar su léxico ortográfico, atendiendo a partir de este momento, siempre que la palabra se encuentre en dicho léxico, a la representación ortográfica de las mismas.

 Las dificultades con las que nos encontramos en este aspecto del aprendizaje de la lengua escrita, suelen clasificarse en función de si el componente de la escritura afectado es el grafomotor o es el ortográfico, pues ambas son diferentes por más que las alteraciones gráficas sean más frecuentes en los niños y niñas con trastornos ortográficos que en la población general. Así por ejemplo, Portellano (1985) las clasifica distinguiendo entre:

 Disgrafía motriz: en la que están alterados todos los elementos grafomotores.

 Digrafía primaria: aunque el problema más destacado es el grafomotor , sólo está afectada la realización de la forma de las letras, la “caligrafía”

 Disgrafía secundaria (el mismo trastorno, pero subsiguiente a otro previo y más general Disortografía: cuando el síntoma central son los errores en la representación de las letras y/o en la estructuración gramatical del lenguaje escrito

 Disgrafía disléxico: si el síntoma básico es la disortografía, pero en e l marco de un cuadro de dislexia).

Como puede verse en esta clasificación, Portellano no sólo sigue el criterio de separar las alteraciones del aspecto grafomotor de la escritura, de aquellas otras que afectan a sus aspectos representacionales, sino que reserva la denominación de disgrafía para las primeras, introduciendo el término disortografía para estos últimos casos, lo que es la práctica más habitual en el ámbito educativo (por ejemplo, Rodríguez, 1984; Manso y otros, 1996). No obstante, otros autores (como Ellis y Young, 1988; Cuetos, 1992; Ortiz, 1995; Parkin, 1996) prefieren hablar con carácter general de disgrafía para referirse a cualquier dificultad de la escritura sin excepción, empleando en todo caso un adjetivo para identificar el subtipo de que se trate (por ejemplo, disgrafía periférica, disgrafía fonológica, disgrafía profunda o disgrafía superficial).

El aprendizaje de los procesos implicados en la escritura de palabras es un proceso caracterizado por una evolución desde las primeras realizaciones del estudiante hasta lo que denominamos una escritura experta o de calidad. De acuerdo con una mayoría de autores, este proceso exige del alumno, generalmente entre los 3 y 7 años de edad, la utilización de diferentes estrategias de apropiación de la escritura.
Aunque en psicopedagogía existe una cierta tradición de dividir y subdividir los procesos evolutivos, tanto en lo que se refiere al desarrollo como al aprendizaje. Estas divisiones progresivas de los procesos de aprendizaje tienen como consecuencia que:

a) La atención se termine centrando en aspectos de los aprendizajes que tienen que ver más con el tiempo evolutivo, que en los propios procesos implicados en dicha evolución y como consecuencia se oscurezca la comprensión global del propio aprendizaje.

b) Un buen número de sujetos no responda a dichas subdivisiones o etapas, y ello no necesariamente por la existencia de procesos de carácter patológico.

La razón fundamental de dicha actitud se encuentra en la consideración de que los sujetos evolucionan siguiendo las mismas fases, lo que nos lleva directamente a considerar que los aprendizajes dependen, esencialmente, de los propios sujetos dejando al margen las condiciones en que se desarrollan. Y ello, a pesar de que sabemos fehacientemente que no es así, ya que cualquier aprendizaje (mucho más los académicos) tiene como factor determinante los procesos de mediación recibidos. Si ello no fuera así, no podríamos explicar las enormes diferencias existentes en la adquisición de la lecto–escritura entre los sujetos que proceden de medios socioculturales diferentes.
En este sentido, en la adquisición de la escritura podemos diferenciar dos grandes estrategias:

1) Pictográfica: el sujeto opera para escribir con representaciones pictóricas, relacionando las palabras (pictogramas) con su significado, sin respetar los diferentes segmentos que constituyen dichas palabras.

2) Alfabética: mediante esta estrategia, basada en el principio alfabético, el niño descubre que las palabras se componen de segmentos (sílabas y letra).

En el sentido estricto de la palabra, la escritura sólo es la llevada a cabo mediante la estrategia alfabética, en la que de acuerdo con Frith (1984) podemos diferenciar tres procesos distintos y progresivos:

 La segmentación en fonemas: un primer proceso tiene que ver con la conciencia de que las palabras se pueden segmentar de manera arbitraria en sílabas y fonemas.

 La conversión de fonemas en grafemas: el aprendizaje de las reglas de conversión constituye un proceso imprescindible para la escritura en los sistemas alfabéticos.

 La escritura ortográfica: el estudiante aprende a utilizar su léxico ortográfico, atendiendo a partir de este momento, siempre que la palabra se encuentre en dicho léxico, a la representación ortográfica de las mismas.

 Las dificultades con las que nos encontramos en este aspecto del aprendizaje de la lengua escrita, suelen clasificarse en función de si el componente de la escritura afectado es el grafomotor o es el ortográfico, pues ambas son diferentes por más que las alteraciones gráficas sean más frecuentes en los niños y niñas con trastornos ortográficos que en la población general. Así por ejemplo, Portellano (1985) las clasifica distinguiendo entre:

 Disgrafía motriz: en la que están alterados todos los elementos grafomotores.

 Digrafía primaria: aunque el problema más destacado es el grafomotor , sólo está afectada la realización de la forma de las letras, la “caligrafía”

 Disgrafía secundaria (el mismo trastorno, pero subsiguiente a otro previo y más general Disortografía: cuando el síntoma central son los errores en la representación de las letras y/o en la estructuración gramatical del lenguaje escrito

 Disgrafía disléxico: si el síntoma básico es la disortografía, pero en e l marco de un cuadro de dislexia).

Como puede verse en esta clasificación, Portellano no sólo sigue el criterio de separar las alteraciones del aspecto grafomotor de la escritura, de aquellas otras que afectan a sus aspectos representacionales, sino que reserva la denominación de disgrafía para las primeras, introduciendo el término disortografía para estos últimos casos, lo que es la práctica más habitual en el ámbito educativo (por ejemplo, Rodríguez, 1984; Manso y otros, 1996). No obstante, otros autores (como Ellis y Young, 1988; Cuetos, 1992; Ortiz, 1995; Parkin, 1996) prefieren hablar con carácter general de disgrafía para referirse a cualquier dificultad de la escritura sin excepción, empleando en todo caso un adjetivo para identificar el subtipo de que se trate (por ejemplo, disgrafía periférica, disgrafía fonológica, disgrafía profunda o disgrafía superficial).

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