Desarrollo emocional y afectivo en Personas Ciegas

El desarrollo emocional es en todos los niños, con

discapacidad o sin ella, el motor del desarrollo general. «Las leyes del psiquismo humano son universales. Lo que cambia son las circunstancias en las que cada sujeto debe enfrentarse a la vida» (Lucerga y Sanz, 2003). Todos los niños tienen que ir asimilando y adaptándose progresivamente al mundo que les rodea.

La ceguera constituye un factor de riesgo para el desarrollo emocional, sobre todo, por las repercusiones que la discapacidad provoca en el entorno inmediato del niño y en su familia, fundamentalmente, en la relación con la madre.
La conducta del niño y su desarrollo dependen de la madre, pero el niño condiciona la respuesta de la madre con sus interacciones y respuestas. Así, por ejemplo, el niño desarrolla una conducta de «apego» hacia la madre porque ésta responde a sus conductas reflejas. Pero la falta de visión hace que el bebé no reaccione al rostro de su madre sonriendo, lo cual puede frustrarla o desanimarla. Los padres, en ocasiones, no saben interpretar los intentos comunicativos y de interacción de su hijo con ceguera, y esto puede tener consecuencias negativas en su comunicación y socialización.
Todos sabemos la importancia que tiene la relación del niño con sus padres, sobre todo, al principio, cuando se establece el vínculo afectivo del bebé con su madre. Este primer contacto se realiza especialmente a través de la mirada. La falta de visión puede condicionar esta primera relación. La mirada representa el primer lenguaje y a través de ella el bebé interacciona con el mundo que le rodea. La ausencia de la mirada puede afectar la relación del niño con su madre, condiciona el diálogo espontáneo, la estimulación y la imitación.
La mirada representa el primer lenguaje y a través de ella el bebé interacciona con el mundo que le rodea.
La mirada está diseñada de forma instintiva para fomentar el vínculo y cuidado materno. Aunque el niño no vea, emite señales que indican que reconoce a la madre. Es necesario que la madre aprenda a reconocer estas señales para poder establecer un buen vínculo y un buen desarrollo en el niño.
Por tanto, es necesario que el niño y la madre aprendan a comunicarse a partir de señales no visuales (Leonhardt, 1998) A veces, hay que enseñar a los padres estas señales, porque son tan sutiles que pueden pasar inadvertidas. «María se acerca a su hijo, le acaricia la mano dulcemente y le empieza a hablar bajito. El bebé cesa de moverse, se estira imperceptiblemente y dirige la cabeza hacia un lado. Al principio, María pensaba que al bebé no le gustaba escucharla y por eso giraba la cabeza, como evitando su compañía. Pero el profesional le indicó lo que pasaba. El bebé estaba tan interesado en ella, en escucharla que dirigía su oído hacia ella, para oírla mejor».
A veces, el niño desvía la cara hacia un lado o baja la cabeza ante el adulto. Estas conductas se pueden interpretar indebidamente como de evitación. Sin embargo, es la postura adaptativa que el bebé realiza para recoger mayor información sonora del entorno, para concentrarse. Pero la madre puede interpretarlo como desinterés. Es esencial conocer el significado de estos comportamientos.
En bebés con discapacidad visual se observan expresiones faciales básicas, pero menos expresivas y duran menos que en los bebés videntes. Si no se fomentan, tienden a disminuir, por lo que conviene reforzarlas poniendo nuestras manos en su cara, y sus manos sobre la cara del adulto, para que pueda interiorizar posturas y movimientos.

El niño con discapacidad visual empieza a sonreír a partir de los 2-3 meses. Los padres deben aprender que la sonrisa de su hijo aparece para responder a sus estímulos y no de forma espontánea para iniciar la interacción. Se pasa de la sonrisa automática de los primeros meses a la sonrisa selectiva de los 6 meses emitida cuando hay una vinculación afectiva.
El bebé con discapacidad visual entre los 7 y 15 meses muestra signos de miedo a los extraños, igual que el vidente, y rechazan o lloran ante la presencia de un adulto que no conocen. Esto es un indicador de que todo va bien y de salud mental. Se calman cuando escuchan una voz conocida o palpan un rostro que les resulta familiar.

Los niños que ven, hacia los 5 meses, buscan la proximidad con la madre extendiendo las manos hacia ella. Sólo necesitan coordinar el ojo y la mano. Los niños con discapacidad visual lo consiguen entre los 10 y 16 meses, ya que, además, necesitan tener el concepto de permanencia de la madre aunque no la estén escuchando o tocando.
Otro comportamiento del que se ha hablado antes son las estereotipias o blindismos. Son comportamientos repetitivos, no funcionales. El niño los utiliza para autoestimularse, para compensar el aislamiento social o la carencia de estímulos.
Para el niño que no ve, el contacto con el mundo es más difícil de asimilar y es menos estimulante. Por tanto, hay que ayudarle sistematizando y organizando las situaciones de la vida diaria, interactuando constantemente con él mediante el contacto corporal, movimientos y verbalizaciones.

Vemos, por tanto, la importancia de que los adultos que rodean al niño sean capaces de interpretar correctamente sus intentos de comunicarse ysepan reaccionar a sus demandas. Este es pues el objetivo de la intervención: dar a las familias la información y el apoyo suficiente para conseguir el crecimiento del niño y prevenir retrasos o detenciones en su desarrollo.

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