Atención a la Diversidad (apunte)

A continuación, abordaremos uno de los temas que se encuentra en su plena actividad y que tiene relación con la atención a la diversidad.
“Desde la experiencia,

los profesores saben que al interior del aula reina la diversidad, pero aquello exige romper el modelo tradicional de la escuela existente en Chile. Se deben incorporar nuevas estrategias pedagógicas, repensar el currículo y modificar los actuales proyectos educativos, sobre todo aquellos centrados en el éxito académico y el ingreso al exigente mercado laboral” (Céspedes, 2013)
Cada niño, cada joven representa un mundo particular compuesto por una serie de características que lo hacen único e irrepetible. Esta diversidad de historias, necesidades, ritmos, capacidades, etc., es la que se hace presente día a día, año tras año en cada una de nuestras aulas escolares y es la que propone una gran tarea para aquellos responsables de su crecimiento y desarrollo. Desde aquí se desprende la importancia de contar con los conocimientos y competencias profesionales para dar respuesta de forma eficiente a la diversidad presente en el aula, al mismo tiempo que se desarrollan instituciones cuya cultura, políticas y prácticas alcanzan mayores niveles de inclusión.
Lo anterior propone el desarrollo de un nuevo y profundo debate, ya que afecta de manera directa a una serie de fundamentos que han estado presentes en las bases de la práctica educativa y en la visión de sociedad que hemos construido. Si bien el desafío actual apunta al desarrollo de instituciones que generen espacios de inclusión y que valoren la diversidad como fuente de aprendizaje y crecimiento, no podemos dejar de considerar que cada establecimiento tiene su propia historia, a partir de la cual deberá plantear las reflexiones necesarias que apunten a dar cumplimiento a las exigencias, considerando por un lado la importancia de las mismas y por otro definiendo los recursos y tiempos que serán necesarios para comenzar a implementar el cambio de enfoque.
Cabe entonces la posibilidad de plantear algunas interrogantes iniciales cuyas respuestas podrían colaborar en el desarrollo de procesos institucionales que permitan generar cambios enfocados en dar cumplimiento a lo declarado en las leyes y decretos: ¿Qué se entiende por inclusión y por qué es distinto a lo que se ha venido haciendo en educación? ¿Cómo se entiende la atención a la diversidad y en qué medida se relaciona con la atención histórica que se ha dado a aquellos estudiantes que presentan NEE? ¿Cómo se espera que las instituciones escolares puedan dar una respuesta eficiente a este desafío, incluso al no contar con profesionales de apoyo que formen parte de un PIE?
La Ley de Inclusión Escolar (20.845/2015), incorpora el principio de “integración e inclusión” con el objetivo de avanzar en la comprensión de la noción de inclusión, a partir de lo cual se establece que “el sistema propenderá a eliminar todas las formas de discriminación arbitraria que impidan el aprendizaje y la participación de los y las estudiantes”. Junto con esto, aclara que los establecimientos educacionales deben considerarse espacios de encuentro abiertos para todos los estudiantes independientemente de sus condiciones socioeconómicas, culturales, étnicas, de género, de nacionalidad o religión (Art. 1°, numeral 1, letra e).
Lo indicado por esta ley, profundiza de forma explícita la importancia y el valor que se asocia a la posibilidad de que cada individuo pueda elegir libremente y en igualdad de condiciones, el formar parte del proyecto educativo que mejor represente sus intereses personales y los de su familia, impidiendo a las instituciones generar barreras que obstaculicen el ingreso y la permanencia de los estudiantes, a través de medidas arbitrarias. Esta situación pone de manifiesto una gran diferencia respecto de las políticas educacionales previas a la Ley de Inclusión Escolar, las que de alguna manera u otra, dejaban un espacio abierto a la discriminación y atentaban contra la equidad.
Sin embargo, creemos que la Inclusión, además de estar asegurada como valor y acción en las políticas educacionales, debe también ser transferida a la vida de la escuela; a su cultura, a sus políticas y sus prácticas de aula. En este sentido, una “escuela inclusiva”, junto con cumplir con las normativas debe establecer un proyecto educativo institucional que contemple en sus fundamentos el valor de la inclusión como un referente fundamental para su desarrollo y que asegure la educación de sus estudiantes sin la necesidad de tener que separarlos debido a las diferencias que estos puedan presentar. Esta situación demanda de la escuela y de sus profesionales un importante espacio de reflexión, a partir del cual, se podrán definir de mejor forma los procesos de cambio y mejora necesarios para esta transformación.
Transformación que se opone a la visión de Integración Escolar que se ha venido desarrollando y a la cual Rosa Blanco (2002) asoció una serie de debilidades, dentro de las cuales se destacan:

 La integración se ha focalizado en aquellos estudiantes que presentan necesidades educativas especiales derivadas de discapacidad a quienes se les otorgan las facilidades necesarias para el acceso y permanencia en la escuela. Además algunas escuelas que se han dedicado a la integración caen en prácticas discriminatorias expulsando o rechazando a otros alumnos.
 Se ha continuado reforzando la idea de que es el especialista quien debe atender a los estudiantes que presentan necesidades educativas especiales, dejando completamente de lado al profesor regular.
 La integración ha insistido en mantener la enseñanza individualizada y segregada del grupo de pares. A su vez, se realizan adaptaciones curriculares sólo para los estudiantes que forman parte del grupo de integración, dejando fuera del campo de atención a los que presentan dificultades de aprendizaje o de adaptación.
 Los recursos se envían principalmente para la atención de estudiantes con discapacidad y no a estudiantes que presentan otras necesidades.
 La integración ha limitado las oportunidades de los estudiantes con necesidades educativas especiales, ya que no les ha permitido acceder y progresar en el currículum común, privilegiando exclusivamente el desarrollo físico y social en un ambiente de bajas expectativas.
Por el contrario, el enfoque de Educación Inclusiva es mucho más amplio que el de integración, porque la inclusión implica dar respuesta a todos los estudiantes, es decir, abarca también el concepto de integración y orienta acciones para superar los enfoques tradicionales centrados en el déficit, para poner mayor énfasis en la eliminación de las barreras que impiden el acceso, la participación y el progreso en el aprendizaje.
De esta manera, la educación inclusiva se preocupa de que el medio esté en condiciones óptimas para atender a todos los niños por igual y en proporcionar una educación de calidad para todos. Al respecto, Stainback (2001), define la educación inclusiva como “un proceso por el cual se ofrece a todos los niños y niñas, sin distinción de la capacidad, raza o cualquier otra diferencia , la oportunidad para continuar siendo miembro de la clase regular y para aprender de sus compañeros, y junto con ellos, dentro del aula”. Es por esta razón, que se otorga gran relevancia a todos los actores del centro educativo, ya que la generación de un espacio que permita este desarrollo, demanda la colaboración de todos y cada uno de sus integrantes.
Teresa Huguet (2006), resalta lo anterior y lo profundiza indicando que “no se trata de realizar experiencias inclusivas innovadoras limitadas a un aula o a un ciclo que emergen de la creatividad de los profesores implicados, sino que interesa sobre todo construir redes de relaciones, de influencia mutua y de trabajo entre las personas y los subsistemas de la escuela de manera que favorezcan un cambio en la cultura de los docentes y la comunidad, un proceso que estimule la creatividad y la colaboración entre los agentes educativos implicados”.
El proceso de transformación hacia una escuela inclusiva, exige el análisis del estado actual de la institución, considerando su pasado y su presente, a partir de lo cual se puede proyectar el futuro deseado. Se debe considerar además, como ya fue mencionado, que la inclusión no solo se relaciona con mejorar el acceso a las escuelas regulares de aquellos estudiantes que presentan discapacidades, más bien se trata de preparar a la institución para que no presente barreras* que puedan limitar el aprendizaje y la participación de todos, y no solamente de un grupo específico.
Al respecto, Tony Booth y Mel Ainscow (2000), desarrollaron un recurso de acompañamiento que puede ser utilizado por las escuelas en su proceso de autoevaluación llamado “Índice de Inclusión”. Este set de materiales permite el análisis y la determinación del nivel de inclusión presente, información que luego es utilizada por la escuela para iniciar su proceso de avance hacia una educación inclusiva.
El Índice de Inclusión constituye un proceso de revisión que considera tres dimensiones: la cultura, las políticas y las prácticas que deben estar presentes en una escuela que se define como inclusiva.

En este marco, el alumnado que presenta necesidades educativas especiales, tendrá mayores oportunidades en la medida que las escuelas y sus profesionales concentren sus esfuerzos en detectar, remover y evitar que se reproduzcan las barreras que limitan su acceso o presencia en el sistema escolar, su aprendizaje en función de sus competencias personales, su participación y bienestar personal y social equiparando sus oportunidades.

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