Apunte sobre Aspectos de la Diversidad en la Especie Humana

De acuerdo a la hipótesis hoy dominante, nuestra especie humana es el resultado de unos siete millones de años de evolución y el producto de un conjunto articulado de innovaciones biológicas decisivas orientadas al aumento de la complejidad y de la diversidad. En particular, la biología humana implica lo siguiente:

-una genética de máxima apertura al intercambio con el entorno,
-que se expresa en la presencia de un gran cerebro dotado de una impresionante plasticidad y de una poderosa capacidad de inferencia, lenguaje y semiosis,
-lo que a su vez posibilita el desarrollo de una mente capaz de pensamiento lógico y de pensamiento narrativo,
-lo que permite una versátil capacidad de relación instrumental con el entorno

-lo que se traduce, entre otras cosas, en una gran capacidad de complejización de su vida mental y social.

Desde el punto de vista de su genética, la especie humana muestra una sorprendente unidad. La diferencia entre un individuo y otro es de solo un 0.1 %.
Sin embargo, la genética humana es al mismo tiempo una genética de gran apertura a los intercambios con el entorno y, sobre esta base, ella es un poderoso motor de diversidad.
-En el curso de la evolución de las especies, el programa ‘cerrado’ de la información genética ha sido “crecientemente reemplazado por un programa ‘abierto’, un programa que está armado de tal manera que puede incorporar nueva información. En otras palabras, el fenotipo conductual ya no está más absolutamente determinado genéticamente, sino que en mayor o menor grado es el resultado del aprendizaje y la educación” (Mayr 1965, p.636). Lo cual implica que “por un lado, el programa prescribe con rigidez estructuras, funciones, atributos; por el otro, él no determina más que potencialidades, normas, marcos. Aquí él impone, allá él permite” (Jacob 1970, pp. 338). De ahí, entre otras cosas, la creciente importancia del sistema nervioso y del cerebro en la ontogénesis, pues es allí donde se expresa esta capacidad de aumentar el intercambio entre organismo y entorno.
-De todos los organismos, es el hombre el que posee el programa genético más abierto, el más flexible”, a tal punto que en la especie humana “ya no sea más la selección natural la que juega el rol principal en las transformaciones del hombre. Es la cultura, más eficaz, más rápida, pero también más reciente” (Jacob 1970, pp. 343).
-Todo esto redunda en una gran “flexibilidad en el desarrollo” (Marcus 2005, cap. 8). Durante la ontogénesis, el genoma humano jugaría al máximo de posibilitación del aprendizaje y al máximo de aprovechamiento del aprendizaje para un nuevo desarrollo -es decir, jugaría a un máximo de epigénesis -sobre la base de promover que la propia experiencia pueda modificar la expresión de los genes. Recordemos que los genes no sólo son unidades de herencia sino también verdaderas unidades de desarrollo. Esto haría del aprendizaje humano “el truco más eficaz del genoma para trascenderse a sí mismo”. Y esto haría del cerebro y el sistema nervioso humano una “maquinaria no sólo tan fantástica que puede reorganizarse por sí misma sino también tan flexible que puede perfeccionarse y resintonizarse cada día de nuestra vida”, siendo ambas propiedades una “consecuencia natural y directa de los refinados procesos biológicos que controlan el desarrollo y el mantenimiento del cerebro”.
El cerebro representa el logro más significativo de la evolución biológica conducente al homo sapiens sapiens. Lo más importante para el cerebro es el mundo de conexiones sinápticas que sus células neuronales son capaces de generar entre ellas (a lo que debemos agregar hoy el mundo conexional de las células gliales, que recién comienza a ser estudiado). Tal como se acostumbra a decir hoy día, más que las neuronas lo que importa es su cableado.
-Este cableado de conexiones se va construyendo y reconstruyendo a lo largo de toda la vida del individuo, como resultado de los intercambios con el entorno a nivel de la epigénesis.
-Esto expresa la tremenda capacidad del cerebro humano para reorganizarse a sí mismo -su gran plasticidad -la que radica en la versatilidad del mundo relacional creado por sus células.
-De ahí que el mundo psíquico y sociocultural (la educación, por ejemplo) sea capaz de incidir en la organización cerebral, al incidir en la singularidad de las conexiones que lo constituyen, implicando una verdadera “manipulación epigenética” (Prochiantz).
-Todo esto lleva a un aumento de la diversidad y de la complejidad en la especie humana, puesto que a la diversidad genética se añade una diversidad y complejización epigenética, la que redunda en cerebros organizacionalmente diversos y con posibilidades de creciente complejidad como resultado de las historias biográficas de sus dueños. Aquí se expresa también la gran capacidad del cerebro humano para aprovechar el mundo externo de los procesos y productos culturales que los seres humanos han venido creando colectivamente (precisamente gracias al uso que han dado a sus cerebros).
-Todo esto otorga singular importancia a la relación entre los procesos de socialización y de individuación en el ser humano. El estudio del cerebro refuerza la idea de que el individuo humano es “a la vez el más individual y el más social de los animales; el más individual porque es, por naturaleza, el más social” (Prochiatz 1990, pp. 79), idea que es clave para pensar la educación en su relación con la diversidad humana.
-En suma, y con las palabras de uno de los más importantes investigadores de las neurociencias: “La intervención de una epigénesis activa por estabilización selectiva introduce una diversidad nueva (…). Una apertura al mundo exterior compensa la relajación de un determinismo puramente interno. Las interacciones con el entorno contribuyen en lo sucesivo al desarrollo de una organización neural cada vez más compleja a pesar de la débil evolución del patrimonio genético. (…) A la ‘diferencia’ de los genes se superpone una variabilidad individual – epigenética-de la organización de las neuronas y de sus sinapsis” (Changeux 1985, pp. 313-314).
La especie humana se diferencia definitivamente de toda otra especie animal por la forma de su proceso evolutivo. Tal como lo ha llegado a sostener la argumentación dominante en la biología moderna, la especie humana recorre un camino evolutivo que es a la vez biológico y cultural. Lo más novedoso que la especie humana introduce en la línea del progreso evolutivo a nivel de las especies no tiene que ver con los resultados sino con el mecanismo mismo de la evolución. Por sobre la evolución biológica la especie humana inaugura una nueva forma de evolución: la evolución cultural, con lo cual realiza un cambio cualitativo fundamental en la manera de evolucionar y de relacionarse adaptativamente con su entorno.
Al decir de uno de los biólogos más importantes del siglo veinte:
“La evolución depende, por supuesto, de que una generación pase a la siguiente algo que determinará el carácter que esa siguiente generación desarrollará (…) esta transmisión de lo que podemos llamar, en un sentido general, “información” es llevada a cabo por la entrega de unidades hereditarias o genes contenidas en células germinales. El cambio evolutivo implica la modificación gradual de la reserva de información genéticamente transmitida. Unos pocos animales pueden pasar a su descendencia una ínfima cantidad de información por otros métodos: por ejemplo, en los mamíferos algunos agentes parecidos a los virus que tienen efectos similares a factores hereditarios pueden pasar a través de la leche; en algunos pájaros los adultos pueden servir como modelos cuya canción es imitada por los jóvenes, etc. El hombre es el único de los animales que ha desarrollado este modo de transmisión extragenético a un nivel que rivaliza y que realmente supera en importancia al modo genético. El hombre adquirió su capacidad de volar no por algún notable cambio en la reserva de genes disponible para la especie, sino por la transmisión de información a través del mecanismo acumulativo de la enseñanza social y el aprendizaje. El ha desarrollado un mecanismo sociogenético o psicosocial de evolución que se superpone, y a menudo desplaza, al mecanismo biológico que depende solamente de los genes. El hombre no es solo un animal que razona y habla, y que ha desarrollado por tanto una mentalidad racional de la que carecen otros animales. Su capacidad para el pensamiento conceptual y la comunicación le han provisto de lo que es en realidad un mecanismo completamente nuevo para el proceso biológico más fundamental, aquel de la evolución”. (Waddington, 1961a, p.272)
Pero la evolución humana no se distingue solo por la complejidad de su mecanismo de transmisión de información, también se distingue por la complejidad del contenido de información que es transmitido de manera extragenética. El mundo de la cultura es uno en que se producen, se intercambian y se hacen circular signos, símbolos, significados; en suma, es el lugar de una actividad semiótica. Esto implica que la cultura no es algo que pueda estar sujeto a una simple
‘transmisión’ (y por tanto tampoco a una simple ‘recepción’) de sus elementos. Los significados no solo se transmiten, sino que se negocian y se transaccionan, se producen y se co-producen, y sobre todo se usan (para dar sentido a la experiencia y para gobernar el comportamiento) como parte de procesos y prácticas sociales e individuales. Esto se traduce en que la educación, en la medida en que involucra transmisión de cultura humana, posee una naturaleza poderosamente transaccional y dialógica.
En efecto, en el fenómeno educativo se expresa, se cristaliza y se enriquece constantemente la sorprendente capacidad de transacciones intersubjetivas que posibilita la particular forma de vida que caracteriza a la especie humana, forma de vida que se sustenta fundamentalmente en un lenguaje orientado a la semiosis y a la significación y no solo a la comunicación. Por ello es que la educación no debe ser pensada como un mero mecanismo de transmisión.
La educación es -como muy bien lo ha sugerido Jerome Bruner-un foro para negociar y renegociar significados, es decir, un foro para “explorar mundos posibles fuera del contexto de la necesidad inmediata” y por tanto para recrear la cultura misma (Bruner 1988, cap. IX).
Por ello es que, por ejemplo, “pensar no consiste en “sucesos en la cabeza” (aunque sucesos allì o en otra parte son necesarios para que ello ocurra) sino en un tráfico de lo que ha sido llamado, por G.H.Mead y otros, símbolos significantes –en su mayoría palabras pero también gestos, dibujos, sonidos musicales, aparatos mecánicos como los relojes, u objetos naturales como las joyas-de hecho, todo aquello que es desgajado de su mera actualidad y usado para imponer significado sobre la experiencia” (Geertz 1973, pp.) Lo cual implica a su vez que “la evolución cultural de la humanidad ha dependido y probablemente continuará dependiendo principalmente de la organización única del psiquismo humano” (Dobzhansky 1972, p.428) Y la evolución cultural se cristaliza, como ya sabemos, en la gran capacidad de innovación y de permanente aumento de la diversidad cultural que caracteriza a nuestra especie.

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